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Todo, o casi todo el  mundo, conoce a Agatha Christie como autora de novelas de crímenes, su producción literaria ha sido muy extensa. Pero hay una faceta de su vida que el público en general no conoce: su dedicación a la arqueología. Y es de ese apartado de lo que trata este articulo y de una pequeña obra que narra sus peripecias durante los viajes en los que acompaña a su marido el arqueólogo Max Mallowan: Ven y dime cómo vives

Agatha descubre Asia Menor con cuarenta años, a principio de 1930, cuando conoció al que poco meses después se convertiría en su marido, el arqueólogo Max Mallowan, quince años más joven que ella, desde ese momento le acompaña a todas las campañas arqueológicas que lleva a cabo en la entonces Mesopotamia, las actuales Siria e Irak, convirtiéndose en un miembro más de la expedición y en una eficaz e imprescindible ayudante, ya sea limpiando objetos encontrados, sacando y revelando fotografías, u organizando la intendencia y avituallamiento de la cocina.

El título del libro es un recuerdo de la frase que muchos arqueólogos le hacen a los objetos encontrados en una excavación: ven dime como vives, como era tu vida a diario. El libro es, además de una pequeña guía de viaje, un resumen de sus trabajos diarios, de sus agobios, de sus grandes enemigos los insectos, pulgas chinches, las odiadas cucarachas y los roedores, (llegaron a alquilar un gato para que los librase de los ratones, un gato muy profesional a decir de la propia Agatha Christie). De cómo estudiaban y realizaban catas del terreno (tells) para buscar yacimientos antiguos, los restos romanos los descartaban por modernos.  

Agatha quedó fascinada por Oriente, era una gran enamorada de los viajes en tren y a bordo del Oriente Express y Taurus Express, descubrió lugares tan maravillosos como Estambul, Beirut o Damasco. Descubrió la belleza del desierto, no uno suave y con hermosas dunas como el Sahara, sino uno yelmo, duro y pedregoso, áspero como el de Siria e Irak. Quedó fascinada por sus amaneceres llenos de colores anaranjados y rosas y de sus gentes, sencillas bondadosas y desprendidas.

Otro de los problemas a solucionar era la habitabilidad del grupo, cuando descubrían un tell donde excavar, debían de levantar una casa donde vivir y trabajar, compuesto de dormitorios, cocina y salas de estudio y dibujo, donde hubiese muchas mesas donde extender y catalogar los hallazgos. Este edificio al terminar el periodo de excavación se le regalaba al jeque jefe de la tribu más cercana, con quien era muy beneficioso llevarse bien.

En resumen es un libro a decir de su autora “entretenido” que recuerda las cinco temporadas de excavación en Chagar Bazar en territorio de los ríos Jabur y Gaggag. Un libro que se lee con una permanente sonrisa en los labios.  

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